Cuenta la leyenda, que en un reino no tan lejano como pueda
llegar a imaginarse, vivía una chiquilla de cabellos color azafrán y sueños
color esmeralda, que tenía la capacidad de cambiar los semáforos a su antojo.
Decíanle a menudo que no era más que mera casualidad, pero
ella sabía y era plenamente consciente de que no era así.
Todo comenzó cuando un venturoso día de invierno llegaba
tarde a sus clases de Fundamentos en contra de las leyes en contra de lo
políticamente correcto. Detuvose ella, frente al viejo y marrón edificio en el
que recibía clases, a la espera de que el antojoso semáforo se pusiese en verde
para los peatones. Ofuscada como ya venía del breo hogar, donde ya había tenido
jarana con su progenitora, fulminó con la mirada aquella luz irritantemente
roja.
No pasaron más que unos segundos cuando la luz verde que
daba paso a los vehículos, tornaba ámbar para finalmente culminar en roja.
La chiquilla no dejó entrever su asombro ya que al ser la
primera vez, y así, tan de repente, sin anestesia ni nada, su mente no concebía
que aquello fuese causa de su fulminante mirada al pequeño y pixelado
hombrecito coloreado en rojo.
Pero más adelante, cuando este hecho se repetía
constantemente, no pasaba desapercibido entre los demás viandantes. En poco
tiempo pasó a ser denominada como “la chica que miraba fijamente a los
semáforos”.
Y así es como concluye la breve pero fascinante historia de
la chiquilla que cambiaba el color de los semáforos a su antojo.


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