viernes, 10 de febrero de 2012

La chica que miraba fijamente a los semáforos


Cuenta la leyenda, que en un reino no tan lejano como pueda llegar a imaginarse, vivía una chiquilla de cabellos color azafrán y sueños color esmeralda, que tenía la capacidad de cambiar los semáforos a su antojo.


Decíanle a menudo que no era más que mera casualidad, pero ella sabía y era plenamente consciente de que no era así.

Todo comenzó cuando un venturoso día de invierno llegaba tarde a sus clases de Fundamentos en contra de las leyes en contra de lo políticamente correcto. Detuvose ella, frente al viejo y marrón edificio en el que recibía clases, a la espera de que el antojoso semáforo se pusiese en verde para los peatones. Ofuscada como ya venía del breo hogar, donde ya había tenido jarana con su progenitora, fulminó con la mirada aquella luz irritantemente roja.
No pasaron más que unos segundos cuando la luz verde que daba paso a los vehículos, tornaba ámbar para finalmente culminar en roja.



La chiquilla no dejó entrever su asombro ya que al ser la primera vez, y así, tan de repente, sin anestesia ni nada, su mente no concebía que aquello fuese causa de su fulminante mirada al pequeño y pixelado hombrecito coloreado en rojo.

Pero más adelante, cuando este hecho se repetía constantemente, no pasaba desapercibido entre los demás viandantes. En poco tiempo pasó a ser denominada como “la chica que miraba fijamente a los semáforos”.



Y así es como concluye la breve pero fascinante historia de la chiquilla que cambiaba el color de los semáforos a su antojo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario