Sus ojos cristalinos miraron al infinito. No podía creérselo.
-Entonces, ¿es verdad? Hay otra.
Él no quiso mirarla a la cara, bajó la mirada hacia sus zapatillas y asintió.
-Podemos seguir siendo amigos.
Una risa amarga se dibujó en sus labios. Amigos. Cómo puedes limitarte a abrazar a aquella persona con la que has compartido los momentos más íntimos. Mirarla de lejos y reprimir ese impulso de lanzarte a su boca.
-No podemos ser amigos.
Un silencio interminable se interpuso entre los dos. La idea de que aquello había terminado para siempre no paraba de dar vueltas en su cabeza, como un gusano apestoso que iba envenenando todos aquellos momentos que fueron felices para ella. La peor pesadilla de todas.
Le dolía el pecho y apenas podía respirar. No pudo contener el torrente de lágrimas ni un segundo más. Su mirada seguía concentrada en el horizonte, que cada vez se iba haciendo más borroso. En un ligero parpadeo los lagrimones iban deslizándose suavemente por su rostro.
Cerró los ojos en un intento vano de disolverse en el aire y no volver a aparecer nunca más. Él no podía ni imaginarse lo que aquello le estaba doliendo, cuánto dolor podía soportar una persona. El hecho de que la persona a la que más amas y por la que tú creías que sentía lo mismo, te diga que ya no te quiere, que no eres más que una “amiga” para él, que hay otra que le da cosas que tú no puedes darle.
Ajeno a estos pensamientos infernales, él levanto una mano en ademán de secarle las lágrimas. Ella se apartó instintivamente, sabía que aquel contacto físico solo iba a escocer aún más la llaga de su corazón.
Al fin abrió los ojos, sin brillo alguno más que el acuoso propio de las lágrimas, estaban vacíos y destilaban un dolor inmenso. Dirigió la mirada, haciendo acopio de todas sus fuerzas, hacia él. Tenía que ver lo que sus palabras habían causado en ella. Tenía que ser responsable de sus actos.
-Sólo deseo que seas feliz. Pero por favor… no me olvides –su voz se quebró en la última palabra.
Respiró hondo.
-Te prometo que te quise. Un día te quise y fui feliz a tu lado.
Lo que más dolor le causaba era el hecho de que no podía odiarlo. Era imposible por más que lo intentaba. ¿Qué culpa tenía él de que su amor se acabase? No podía parar de echarse toda la culpa. No fui una buena novia.
Necesitaba llorar. Llorar y gritar muy alto. Tenía la esperanza de que así el dolor saldría antes. No sabía lo equivocada que estaba.
Y antes de que él pudiera reaccionar, salió corriendo entre la lluvia que disimulaba sus lágrimas y cruzó la calle sin mirar.
Un frenazo, un golpe seco y un reguero de sangre que puso fin a aquella tarde abruptamente.
Las campanas repicaron. Ya no había dolor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario